El 6 de noviembre se cumplieron 6 años de la muerte de mi mamá. 6 años que entre comillas han pasado volando.

Nadie está preparado para perder un ser querido, menos a los padres, pero es algo que como la muerte misma, tenemos certeza de que tarde o temprano, lamentablemente pasará. Duele perder a la mamita porque como me dijeron hace poco: “Uno se acostumbra a lo bueno”.

Bien seguido recuerdo a mi mamá y tengo la fortuna de recordarla con mucha alegría, porque nos reíamos mucho y éramos bien cercanos a nuestra manera, honestamente. Siempre he sentido que salí más a mi mamá que a mí papá. Más desordenado, patachero, carretero (cuando lo fui) y hasta gordo.

Hablando de gordo, nunca he vuelto a probar comida como la que hacía mi mamá. Me mal acostumbro al “esmerado” almuerzo del domingo con postre casero y algo rico hecho para la once (mínimo un queque, torta, pie de limón o de ricota), que obviamente ella misma hacia. Las legumbres del día lunes, el pescado frito del día miércoles y ese pan amasado que no se demoraba ni 15 minutos en hacer, por decir algunas cosas de las que preparaba, pero en realidad hasta la “comida mala” (como le decía a la que me daba flojera comer, como por ejemplo Cazuela en verano con 30 grados de calor) era rica.

Son muchos los recuerdos y buenos momentos vividos.

Como mi mamá siempre fue enfermiza y nunca se cuido mucho que digamos, cuando era chico siempre tuve miedo a que muriera cuando yo fuera muy chico. Afortunadamente eso no paso. Deje de tener vergüenza de decirle lo mucho que la quería y siempre me gusto abrazarla. Siento que un abrazo significa tanto. Algo tan simple puede significar realmente tanto. Siento que no quede en deuda con ella o algo que yo me recriminara por no haber hecho. Tampoco es algo de lo que yo deba decir si cumplí o no, es algo que el tiempo se encargará de juzgar.

Las últimas palabras que me dijo mi mamá fueron que “Cuidara y le hiciera caso a mi papá” y acá estoy, tratando de cumplir lo que me hizo prometerle aunque siendo sinceros, mi papá es el que me cuida y en cierto sentido me mantiene vivo.

Han pasado esos 6 años y ha pasado demasiada agua bajo el puente.

Los últimos 2 años que han pasado han sido quizás de los más difíciles de mi vida. Odio vivir, así de simple lo resumiría.

Un montón de malas decisiones, de malas acciones, de dolor, de ser un pendejo de mierda, de no saber afrontar el futuro ni la realidad, de un miedo constante, de alejarse de todo, de tener vergüenza de vivir, de tratar de desaparecer de la humanidad, de esconderse y de sentir que gasto oxígeno que para otras personas puede ser útil.

Escribo esto para pedirle perdón por todas las veces que consciente o inconscientemente le he fallado. Es algo que me avergüenza y me hace darme cuenta de la mala clase de persona que soy. La mamita es sagrada y son muchas las veces que le he fallado.

Vivo silencio.

El paso del tiempo dirá como se seguirá viviendo esta historia y me dará una respuesta. Esperemos.

Por lo menos ahora trato de no ser el mismo de siempre